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LA VIRGEN DE SUYAPA

por Nahum Valladares y Valladares

En el mes de febrero el catolicismo hondureño conmemora los 258 años del hallazgo de la Virgen de Suyapa, evento en el que fueron protagonistas el campesino Alejandro Colindres y su acompañante, el niño Lorenzo Martínez en el caserío de El Piligüín jurisdicción de la Villa de San Miguel de Tegucigalpa. El historiador Juan B. Valladares R., en sus investigaciones que le permitieron escribir en 1946 el libro sobre este suceso religioso, logró establecer que la pequeña imagen de la Inmaculada Concepción de Suyapa fue encontrada en una despejada noche de un sábado del mes de febrero de 1747 en un sitio boscoso de pinos mientras el joven Colindres y el niño Martínez decidieron pernoctar después de las fatigosas tareas en un sitio de la montaña de El Piligüín y cuando se dirigían a su lugar de domicilio, la aldea de Suyapa de donde eran originarios. En la oscuridad de la noche, Alejandro Colindres no se percató de la imagen tallada en madera oscura y que en repetidas veces le ocasionaba molestias al disponerse a colocar su cabeza sobre el yagual que los labriegos antes terciaban alrededor de su cintura para múltiples usos y que en casos de esta naturaleza utilizaban como almohada. Lo que él consideró esa noche como un estorbo para poder dormir, lo guardó en su alforja y a la mañana siguiente se la entregó a su madre Ana Caraballo y a su hermana Isabel Colindres. El relato que hizo Alejandro del hallazgo se consideró como una revelación milagrosa como la que había experimentado en el Tepeyac mexicano el indígena Juan Diego con la Virgen de Guadalupe y en la aldea circuló la noticia como la portentosa bendición de Dios a los habitantes del poblado y nativos que trabajaban la tierra y servían en las estancias próximas donde se criaban ovejas y ganado vacuno.

Pequeña, de apenas seis y medio centímetros de alto, la imagen de la Inmaculada Concepción de María, tallada en madera de cedro, cabía en la mano del niño Lorenzo. Su rostro ovalado con facciones de una mujer indígena, con ojos grandes, boca diminuta contrastando con su nariz respingada, se enmarcan en una larga cabellera negra que cae hasta los hombros a la altura de la capa azul oscuro tachonada de diminutas estrellas doradas, saliendo en la parte frontal sus pequeñas manos entrelazadas en acción de oración. Isabel Colindres se encargó de cuidar la pequeña imagen de la Inmaculada Concepción en su casa de habitación lugar al que acudían muchas personas a orar y a pedirle a la Virgen que curara sus padecimientos y su intersección ante Dios para aliviar sus penas. Muchos fueron los que recibieron las bienaventuranzas de Santa María de Suyapa y pronto sus acciones milagrosas se divulgaron por la comarca incluyendo a los vecinos del Real de Minas lo que motivó a Isabel Colindres para destinar en su hogar una pieza más amplia donde se levantó un pequeño altar que siempre permanecía adornada con fragantes flores e iluminado con velas de cera de castilla. El gran milagro de la Virgen de Suyapa surge cuando el capitán Joseph de Celaya, mayordomo de la hacienda San José de El Trapiche, padeciendo del entonces llamado "mal de piedras" (cálculos en la vejiga) manda a que le lleven a su lecho a la milagrosa imagen ya que los brebajes y los medicamentos que le aplicaban no le respresentaban mejoría alguna. Desesperado por los intensos dolores, el Capitán de Celaya le prometió a la Virgen que si lo curaba de aquel tormento que sufría, le construiría una ermita en la aldea y a sufragar misas en su honor durante todo el año. Al siguiente día de la visita de la Virgen a El Trapiche, el señor Celaya expulsó las piedras que le martirizaban y aquel milagro se divulgó entre los vecinos del lugar, entre los pobladores del Real de Minas de Tegucigalpa y el prodigio fue revelado en detalles a las autoridades eclesiásticas de Honduras. Cumpliendo en parte su promesa y con las aportaciones de muchos creyentes se construyó la ermita en 1780 en un predio donado por el señor Bernardo Fernández dueño de la hacienda, lavantando las paredes de adobe alineadas sobre cimientos de piedra acarreada del cerro de Coyapa nombre original de la aldea. La ermita sólo tenía una entrada dirigida hacia el poniente y tres ventanas, una sobre la puerta principal y dos laterales en la proximidad del altar mayor que servía para iluminación durante las horas del día. Su techo era de tejas que descansaban sobre un artesón de dos aguas que se cerraban con limatones en el lugar destinado al retablo principal donde se colocaría el trono de la virgen. La pequeña iglesia no contaba con un campanario y los laboríos habilitaron un travesaño sostenido por dos horcones para colgar una pequeña campana que al ser golpeada por el badajo servía para llamar a los fieles a los actos litúrgicos en los días de fiesta. Habiendo salido de la casa de los Colindres, la ermita era el humilde hogar de la milagrosa Virgen, que como bien decía Rafael Heliodoro Valle se había levantado como el palacio de adobes para la Reina Celestial, con piso de tierra que se alfombraba con el oloroso pino tapiscado.

La devoción de los fieles permitió que la Cofradía fuera obteniendo los fondos para hacer varios cambios en el templo incluyendo un campanario de madera construido en 1889 que fue destruido por el temporal de octubre de 1906, el mismo que hizo crecer el Río Grande para llevarse dos arcos del Puente Mallol. Fue hasta 1913 que el cura párroco don Santiago Zelaya logró obtener fondos que destinó para levantar cornisas en los laterales, reforzar la viejas paredes de adobe y cambiar el frontispicio de la ermita construyéndole dos capillas laterales que le dieron al templo la forma de una cruz latina, procediendo al enladrillado desde la entrada hasta el retablo donde se colocó el camarín de madera tallada con motivos dorados que por muchos años fue el sitio de honor de la Virgen de Suyapa una vez que se le colocó la capa de oro y plata que la cubría totalmente y que constituye la imagen conocida por los hondureños. La ermita cambió totalmente y en 1924 se habilitó en la parte de enfrente como especie de atrio y a sus alrededores un área a la que se le dio un revestimiento de ladrillos para que los visitantes al templo esperaran cómodamente su ingreso al templo que resultaba insuficiente para acomodar a los miles de creyentes que visitaban a la Virgen. Hay mucho que hablar sobre la Virgen de Suyapa, pero el espacio en esta columna semanal no nos permite extendernos tanto. Su exaltación como patrona de Honduras la hizo Su Santidad el Papa Pío XI en 1925 siendo Arzobispo de Tegucigalpa Monseñor Agustín Hombach prelado que decretó ese año como su día el 3 de febrero ya que antes, desde su hallazgo hasta 1924 la festividad de Suyapa se celebraba el día de la Virgen de la Candelaria el 2 de febrero. El 12 de abril de 1936, el catolicismo fue sorprendido con la noticia que la imagen de la Virgen de Suyapa había sido robada del templo. Conmovida la feligresía, autoridades eclesiásticas y policiales se dieron a la tarea de buscar a la patrona espiritual de los hondureños y al día siguiente, vecinos de Sipile dieron cuenta que una enferma mental llamada Dolores Chávez Corpeño la tenía en su poder en su humilde casa de aquel barrio de Comayagüela. La demente logró quedarse la noche anterior en el santuario, rompió el vidrio del dorado camarín, substrajo la imagen y se la llevó a su casa. Encontrada le fue entregada al cura párroco de la Catedral quien expuso en el altar principal a la Virgen hasta el día 19 de abril cuando en procesión fue llevada nuevamente a su Santuario en la aldea de Suyapa. Otro robo de la imagen se produjo en 1982 cuando delincuentes se introdujeron a la iglesia, se llevaron a la Virgen, la despojaron de sus ricas vestimentas y su corona de oro y temerosos por la indignación popular la fueron a depositar en horas de la noche envuelta en papel periódico en un sanitario del Merendero Don Pepe en el centro de la ciudad. Su propietario, don José Barroso una vez que constató el hallazgo, la entregó en el Palacio Arzobispal a Monseñor Héctor Enrique Santos titular de la Arquidiócesis de Tegucigalpa quien días después la llevó nuevamente a su santuario. En 1943, el Administrador Apostólico del Arzobispado de Tegucigalpa Monseñor Emilio Morales Roque acordó, dispuso y mandó que se construyera el nuevo Santuario Nacional para la Patrona de Honduras integrando una junta por construcción nominándose para tal fin a los presbíteros Basilio Gómez, Ramón Salgado, Alonzo Tejada, Ramón Bonilla, Rafael Moreno Guillén y José B-Carranza y como tesorero al ciudadano P.M. don Donato Díaz Medina. Monseñor Morales Roque traspasó a la Junta la escritura mediante la cual la familia Zúñiga-Inestroza donaba el terreno para que en él se erigiera el nuevo santuario y le otorgó las facultades para recaudar fondos, contratar diseñadores y todo lo concerniente a la construcción del nuevo santuario al que muchos indebidamente llaman basílica. La labor fue muy larga pero en el camino se identificaron con el proyecto personas como doña Laura Vijil de Lozano y un grupo de damas e instituciones que prestaron su decidido apoyo para que el nuevo Santuario sustituyera a la vieja ermita que se levantó en 1780. A este hermoso templo llegó el 8 de marzo de 1983 Su Santidad Juan Pablo II para rendir su tributo y devoción a la Madre de Jesucristo oficiando una misa concelebrada con el Arzobispo capitalino Monseñor Héctor Enrique Santos y el Obispo Auxiliar Monseñor Oscar A. Rodríguez hoy Cardenal de la Iglesia Católica y titular de la Arquidiócesis de Tegucigalpa. La Virgen de Suyapa es el símbolo de fe de los católicos hondureños y de muchos extranjeros que por esta época viajan a Tegucigalpa para visitar a la Patrona de los hondureños que en 1969 fue declarada Capitana de las Fuerzas Armadas de Honduras. Convirtiéndose en una tradición desde hace once años, la feligresía hondureña se prepara para celebrar este dos de febrero con la Alborada a la Virgen, un aniversario más del hallazgo de la milagrosa morenita de Suyapa.

Fuente: Diario La Tribuna, 3 de Febrero del 2005

 

 

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