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Las lecciones del Viaje de Colón
por Rolando Zelaya y Ferrera.

La llegada de los primeros españoles a América ofrece una buena ocasión para comentar el tema de los valores personales, siempre vigente, o sea esas actitudes constructivas tan poco apreciadas aquí en los últimos tiempos y que –a juicio de los sociólogos- contribuyen por su escasez al fondo en la crisis nacional que vivimos actualmente. Por ello me propongo aprovechar este logro excepcional del grupo de Colón tratando de identificar y difundir cuáles son los valores que incidieron en ese importante logro.

Ante todo, el solo hecho de haber escogido un objetivo difícil para llevar a cabo, revela una gran iniciativa, o sea la capacidad para idear y diseñar proyectos valiosos, sea de naturaleza original o dentro de las alternativas que se nos ofrecen a diario. La iniciativa es lo que ha hecho avanzar a la humanidad, animándola a intentar actividades inusuales, o inventar nuevos productos, o arreglar problemas existentes.

A juzgar por su éxito, es fácil deducir que los Navegantes hicieron un buen trabajo de equipo, poniendo cada uno sus habilidades al servicio del objetivo común. Eso refleja un alto sentido de la cooperación, una cualidad poco evidente en la Honduras de hoy, cuando todos parecen estar arrimando las brasas para su sardina, o entorpeciendo el trabajo de otros, olvidándose de los derechos o el bienestar de los demás. En cualquier organización, la habilidad de trabajar en equipo es una de las que más se exige a los empleados. Se opone este valor al tradicional individualismo del latino, que quizás explica por qué la parte latina del hemisferio se ha desarrollado menos que el lado anglosajón.

En el norte el llamado “team effort”, o esfuerzo de equipo, es un valor muy apreciado y el que más contribuye a que se cumplan metas y objetivos, cuando todos subordinan sus intereses particulares al interés grupal, aportando cada uno lo mejor de sí mismo con la convicción de que –al ganar el grupo- gana también uno mismo. Igualmente la ausencia de este valor explica la persistencia de muchos males comunitarios, debido a que la gente no se organiza y no gusta trabajar con una actitud “ganar-ganar”, como se le conoce en la jerga moderna. Una actitud que escasea bastante en nuestro medio, a juzgar por la profusión de intereses contradictorios y egoístas que nos desvían del progreso y el bienestar común que todos buscamos.

Otro valor que exhibió el grupo de Colón es la definición clara del objetivo a lograr, algo que escasea mucho en toda organización que fracasa en cumplir sus metas. No se puede llegar a ninguna meta sin definirla previamente, o sea saber hacia donde se dirige uno, o la empresa donde se participa, de otro modo se estará dando tumbos y confiando mucho en la suerte. Esto último es muy notable especialmente en empresas problemáticas, donde a menudo se improvisa, sin metas claras, o se trazan objetivos contradictorios. La falta de fijación de prioridades contribuye a la confusión que existe en cuanto a objetivos, con la consecuente disipación de esfuerzos cuando se fijan demasiadas prioridades, con lo cual ninguna meta llega a ser importante y los recursos de desvían para demasiadas metas. La planificación del equipo explorador exigía “llegar a las Indias en un plazo definido”, no la de figurar en titulares o hacer un paseo turístico, o estudiar la ecología de la región. A esa meta prioritaria enfilaron sus energías y recursos. Un buen ejemplo de fijación clara de objetivo que todos debemos tener en mente en cualquier organización, incluyendo la familiar y hasta en nuestra propia vida, subordinando otras actividades a la obtención del objetivo central.

Un valor muy asociado a logro de todo objetivo es la previsión, y seguramente el equipo Cumbres anticipó todos los obstáculos que encontrarían, estableciendo la mejor ruta, llevando los equipos y provisiones necesarias, previendo un clima adverso, y así sucesivamente. En nuestro ámbito estamos muy dados a la improvisación y a “balancear las cargas en el camino”, dejando a menudo el éxito de una empresa a la buena suerte. El competido mundo moderno, en plena globalización, exige una planificación más minuciosa de cualquier meta, de modo que las probabilidades de éxito sean maximizadas. Obviamente puede haber factores imprevistos en toda empresa, pero el trabajo de los líderes es anticipar la mayor parte de los factores conocidos, minimizando así la probabilidad de un fracaso. En una aventura tan riesgosa como la conquista del Polo Norte, o de una montaña escarpada, no hay lugar para la imprevisión, al igual que en toda empresa azarosa o importante, con poco margen para el error o la negligencia.

Otro valor que exhibieron los exploradores es la preparación adecuada para cumplir eficientemente su objetivo. Para eso, se contrató a los mejores de la época en sus respectivas áreas, además de mantenerse en óptimo estado físico y estar listo para acometer tamaña tarea. Esto contrasta con la actitud de los fracasados, que se quejan siempre del “destino cruel” pero nunca se preparan debidamente para cumplir sus metas, o jamás están listos para las oportunidades que se les presenta, confiando en que la providencia divina les encontrará un puesto bien pagado, quizás sin tener méritos para ello, o que algún día tendrán suerte y aterrizarán en un cargo fácil donde puedan enriquecerse. La alta propensión a los juegos de azar, en las sociedades subdesarrolladas, es otra manifestación del facilismo que impera en nuestra sociedades, donde a menudo se evita la preparación y el trabajo duro que se requiere para mejorar nuestra situación. Esto implica estudiar una carrera o profesión, o estar un tiempo de aprendiz en un sitio (aunque sea sin salario), así como actualizarse constantemente para ser capaz de hacer bien el trabajo encomendado y estar preparado para puestos más exigentes.

La perseverancia acompaña a menudo al empeño dirigido y es otro valor harto demostrado por los marinos, pues se reseñan numerosos obstáculos en todas las vicisitudes que encontraron, al igual que en el difícil periplo en aguas desconocidas. Se sabe que casi acabaron totalmente sus provisiones. También se toparon con el Mar de los Zargazos y tormentas marinas, producto de temperaturas relativamente elevadas de esta época y las corrientes marinas. Pero estos tropiezos no los desanimó y siguieron adelante, “contra viento y marea”, al igual que el legendario héroe del relato de “Un mensaje a García” de Hubbard. La esperanza de encontrar tierra mañana por varios caminos antes de lograrlo, ofreciendo así un caso ejemplar de tesón y constancia, fiel al consejo que se ofrece en todo manual del éxito: “cuando falles en el primer intento, prueba otra vez corrigiendo errores o probando otro camino, pero sin desanimarse si el objetivo vale la pena.” O aplicando la fórmula que dio Edison, cuando se le preguntó cuál era el secreto de su éxito: “Uno por ciento de inspiración y 99% de perspiración”, realizando en su trabajo una multitud de ensayos fallidos antes de llegar a fórmulas óptimas de sus inventos. O sea, sus éxitos están impregnados de una combinación de preparación, trabajo duro y perseverancia, elementos sin los cuales nadie sale de abajo o puede aspirar a una mejor posición.

Otro valor demostrado ampliamente en la aventura a América, es la eficiencia, o sea el logro del objetivo con el menor gasto de recursos, tanto humanos como materiales y temporales. El equipo de Colón se propuso llegar a la meta en el menor tiempo posible y utilizando un mínimo de recursos. Por ejemplo utilizaron los mejores navíos que su presupuesto les permitió conseguir. La conservación de energías, equipos o materiales seguramente fue aplicada en todo momento para no llevar una carga excesiva que retrasara sus movimientos o encarecer el costo de la expedición. La comunicación constante entre ellos, y con los entes de soporte, también contribuyó a la eficiencia general del proyecto. Son valores bastante subestimados en nuestro ámbito derrochador, donde los amplios recursos petroleros propician malgastar divisas y abultar presupuestos. En el plano personal, el consumismo exagerado hace que se malgaste gran parte de los recursos familiares en compras dispendiosas, en lugar de prescindir de ciertos lujos o reparar objetos existentes para evitar gastos innecesarios.

Un valor algo subestimado en nuestro medio es el optimismo, sin el cual es casi imposible trazarse metas difíciles y valiosas. Nos hemos convertido en sociedades pesimistas, quizás debido al retroceso que sufre la calidad de vida en nuestros países, hecho en que solemos responsabilizar a gobiernos o factores exógenos o incluso a castigos divinos o simple mala suerte. En todos los que hacen planes para mejorar algo, el optimismo es necesario como requisito previo para activar los mecanismos de preparación, trabajo duro y constancia. Así que estos valores se complementan entre si. Esta cualidad debe diferenciarse de un optimismo excesivo e ilusorio, o actitudes idealistas, ignorando los tropiezos que seguramente aparecerán en el camino. Si todos los inventores o emprendedores no hubieran tenido una buena dosis de optimismo, al enfilar sus energías hacia un objetivo, la humanidad no hubiera experimentado ningún progreso real en los campos científico, tecnológico y social. Lo mismo es conveniente aplicar a proyectos personales o grupales, siempre que las metas sean valederas y beneficien al mayor número de personas posible.

Faltaría sólo mencionar aquí otro valor bastante escaso, como la responsabilidad, algo inherente en todo liderazgo que se precie de serlo. El equipo de Colón, todos profesionales con responsabilidades familiares y laborales, estaban conscientes de que cualquier negligencia u omisión podría conducir a un fracaso en lograr su meta, e incluso pondría en peligro a los integrantes del grupo. Además de la responsabilidad hacia ellos mismos y sus familias, estaba aquella hacia sus patrocinantes y su patria, que sufrirían también con su fracaso, así que trataron de hacer todo bien para que los obstáculos fueran superados y se lograra eficientemente su meta, para regresar a casa con los máximos honores personales y patrióticos, sin un desempeño chapucero o algo bochornoso que lamentar. Se trata de un valor que es poco apreciado en nuestro país, donde abunda el abuso de autoridad, el amiguismo, la parcialidad o la impunidad en funciones, que hacen mofa de la responsabilidad adquirida al acceder a altas posiciones administrativas.

En fin, vemos como en una victoria contra la adversidad y los elementos, se conjugaron y manifestaron todos los valores que hacen falta para tener éxito, sea como país, institución, empresa, familia o persona. La sociedad hondureña haría bien en revisar su código de valores para incluir en su lista a los aquí mencionados, si se quiere contribuir a salidas constructivas a la aguda crisis que vivimos, que no se resuelve sólo con el cambio de gobierno, sino a la práctica frecuente de una valores contrarios a las actitudes negativas que están afectándonos, tales como: conformismo, indefinición, poca cooperación, imprevisión, incapacidad, desaliento, apatía, ineficiencia, incomunicación, dispendio, pesimismo e irresponsabilidad. Hemos visto cómo estos antivalores pueden obstaculizar el progreso personal y colectivo, así que hay que evitarlos y reemplazarlos con los valores constructivos mencionados anteriormente, como lo hicieron los marinos del viaje de Colón.

 

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