El Cerro de Doña Juana Laínez

La verdad de Juana Laínez

Durante todo el mes de febrero de 1924 el pequeño poblado conoció la crueldad de las guerras civiles. Los gritos y los disparos parecían convertirse en el diario vivir de los tegucigalpenses que se enfrentaban por una lucha política. La mayor parte del combate, según recuerda el historiador Mario Argueta, tuvo lugar en el cerro Juana Laínez, donde se atrincheraban los bandos para atacarse entre ellos.

El Juana Laínez, así y no Juan A. Laínez como muchos han querido llamar, ha sido para los capitalinos un ícono en la historia política y militar de Honduras; desde un mirador impresionante, un lugar propicio para ver los partidos del estadio, hasta el sitio donde se realizan y conmemoran actividades trascendentales para la vida de los hondureños.

EXPROPIADO A DOÑA JUANA. En una revisión de textos elaborados por reconocidos escritores hondureños, el común denominador es encontrar el nombre del cerro como Juana Laínez y no como se suele decir. Según los datos recabados por Leticia de Oyuela, este lugar fue quitado a su dueña en 1760 y luego pasó a ser parte del Estado de Honduras en 1920 cuando es expropiado bajo la excusa de que se debían fijar límites de la capital, que en ese entonces no tenía una población mayor de cinco mil habitantes.

Según datos del diario oficial de Honduras “La Gaceta” en 1957 por decreto No. 2 el cerro pasó a ser propiedad de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. El documento cita así: “Donación a la Universidad Nacional Autónoma de Honduras del Cerro Juana Laínez, el campo de pelota “Lempira Reina”, el Estadio Nacional y áreas circunvecinas, inclusive la zona denominada “La Isla”. (Gaceta 16.364-23-12-1957).

Para Mario Argueta, lo que pudo haber pasado después con estos predios es que las autoridades de la Universidad los cedieron a cambio del espacio que actualmente ocupan en el bulevar Suyapa.

A LA CAZA DE CITAS. Alrededor del Juana Laínez se han tejido, además de las dudas de su nombre, muchas historias que son propias de la idiosincrasia de los capitalinos, por ejemplo, cuando se realizaban los últimos retoques al estadio Tiburcio Carías Andino y se levantaba también el Monumento a la Paz que se distingue en la cima del cerro, se realizaban algunas hipótesis de lo que se podría estar construyendo.

“El Estadio lucía majestuoso adornado con las banderas de los países visitantes y remataba las instalaciones deportivas una preciosa fuente que se construyó en la parte frontal en un parque que se habilitó al costado norte (ahora destinado a parqueo y mercado de fin de semana), un monumento construido en la cima del collado capitalino conocido como el Juan A. Laínez que Paco Prats diseñó como un concepto modernista con dos de los aros olímpicos.

Originalmente la idea estaba encaminada a dedicar el monumento al deportista hondureño, pero a medida que se construía surgieron las especulaciones y unos decían que como el estadio no tenía iluminación, aquella mole de cemento era un enorme candelero donde se iba a colocar un inmenso cirio que daría luz suficiente para alumbrar la cancha en horas de la noche. Otros, políticos adversarios al régimen de Carías, decían que el monumento por su forma estaba dedicado a los agentes de inteligencia y seguridad del gobierno a los que se les conocían como los “orejas”. Finalmente se sugirió que se llamara Monumento a la paz, nombre que todavía conserva. Así se encuentra en resúmenes de anécdotas hondureñas.

Otros, como el escritor Rodolfo Díaz Zelaya en 1978 conservan algunas dudas alrededor de su nombre, sin embargo, optan por llamarlo así:

“En la parte centro del Distrito Central se encuentra el histórico cerro Juana Laínez al que tradicionalmente se le ha venido conservando su nombre de generación en generación, sin haberse podido averiguar aún el porqué del mismo, se supone que fue el nombre de la propietaria de una hacienda que en tiempos coloniales existió al pie de sus faldas, este cerro se haya coronado por el Monumento a la paz, que conmemora la paz implantada por un gobierno que tuvo la visión de controlar por distintas formas las refriegas entre hermanos, revueltas civiles que atrasaban el desarrollo de Honduras, desde este cerro se contemplan paisajes magníficos de ambas ciudades y de sus alrededores, a toda hora del día y de la noche a este lugar trepan con frecuencia los aficionados al fútbol para ver desde ahí los encuentros que se realizan en el Estadio Nacional”.

 

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